Ocio Urbano
Adalberto Torres
18 de julio de 2011
Las llaves olvidadas
Terminé los pendientes que habían quedado rezagados durante la semana, apagué la computadora y tomé mi maletín. Revisé que todo quedara en su sitio, apagué las luces y cerré mi oficina con llave. Eran las 5 de la tarde del viernes pasado.
Caminé desde mi trabajo hasta donde suelo estacionar mi camioneta, cuando quise abrirla me di cuenta que había olvidado las llaves en la oficina así que emprendí el viaje de regreso, malhumorado por tener que recorrer otra vez la distancia que hacía unos segundos había recorrido.
Iba refunfuñando cuando pensé ¿por qué el universo quiere que me regrese?, sentí una enorme curiosidad y aceleré el paso, entré al complejo donde se ubica mi oficina y subí las escaleras, el paisaje era desolado, a excepción de un pequeño niño que subía las mismas escaleras que yo, unos cuatro escalones delante de mí. Lo miré y busqué la presencia de un adulto, no la encontré.
Seguí mi camino hasta donde había dejado mis llaves, las guardé en el bolsillo del pantalón y volví a tomar las mismas escaleras donde me encontré nuevamente al niño, esta vez frente a su mamá, quien estaba sentada a la mitad de la escalera. No le di mucha importancia al hecho hasta que pasé frente a ella y vi su rostro desencajado, empapado en lágrimas y la mirada perdida en los escalones.
Le pregunté si estaba bien, si podía hacer algo por ella, me miró y comenzó a platicarme el por qué de su situación, me contó que había perdido su casa recientemente, que no tenía familiares a quien solicitar ayuda y que su situación económica era adversa. “Mis hijos ni siquiera han desayunado hoy”, exclamó. Los hermanos del pequeño jugaban detrás de un pilar y yo no los había visto cuando subía las escaleras.
En ese momento me puse a pensar en mis sobrinos que tres veces al día (a veces más) reciben sus alimentos, pensé en el dinero que a veces uno gasta en banalidades y en la flojera que me da cambiar las sábanas de mi cama. Reflexioné y me sentí avergonzado; aquella señora no tenía alimentos qué ofrecer a sus hijos ni dinero en sus bolsillos, mucho menos una cama a la cual cambiarle las sábanas.
El corazón se me apachurró tanto que permanecí mudo durante unos minutos hasta que pude de nuevo pronunciar una oración coherente. Pareciera como si me hubieran aventado un balde de agua fría en la cabeza. Sentí pena por aquella señora y sus pequeños y tomé una decisión, la cual, espero haya brindado por lo menos un poco de alivio. Bajamos juntos las escaleras y me despedí de ella con un abrazo.
De regreso a casa pensé en las bendiciones que muchos de nosotros tenemos y que no sabemos valorar por el sencillo hecho de que las damos por sentadas.
El comer tres veces al día teniendo un billete en la cartera y una cama donde dormir por la noche son lujos que no todos se pueden dar y que todos los que los tenemos deberíamos agradecer.
Ahora entiendo al universo que quiso que olvidara las llaves de mi camioneta ese viernes por la tarde, porque tras año y medio que llevo trabajando nunca había olvidado nada. Esa tarde ayudé a alguien, pero ese alguien también me ayudó a mí, más de lo que se imaginan.
Tintero ajeno
“He aprendido que un hombre sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo cuando ha de ayudarle a levantarse”.
¿Gabriel García Márquez?
Twitter @AdalbertoTorres
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