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martes, 5 de abril de 2011

Una mano que te ayude


Ocio Urbano
Adalberto Torres González
4 de abril de 2011


Una mano que te ayude

Veo cómo un padre ayuda a su pequeño hijo a cruzar la calle, el infante apenas camina y su progenitor lo alienta a continuar el paso. Bien estudiados, lentos pero con seguridad, los pasitos que da el niño van abriéndose camino sobre el concreto que a esta hora del día está como sartén sobre la estufa.

Al llegar a la mitad del trayecto, el niño tropieza y cae al suelo intempestivamente, el padre lo mira con tranquilidad y extendiéndole la mano para ayudarlo a levantarse (no para levantarlo él) le dice, “¿Qué pasó, mi´jo? ¡Véngase, ándele!

El pequeñito, con cara de querer comprender lo que pasó, mira a su padre y en lo que parece un rostro apunto de llorar, libera una gran sonrisa para después levantarse por sí solo y continuar su caminata.

Al llegar a la siguiente esquina, la madre, que había sido testigo de lo ocurrido se hincó para estar a la altura del pequeño y agarrándolo de sus diminutos hombros, con una gran sonrisa en su semblante le preguntó si se encontraba bien, el niño asintió y los tres desaparecieron por alguna de las calles del centro de Colima.

Tal situación me hizo reflexionar sobre la importancia de brindarles seguridad a los hijos desde su infancia, prepararlos para que sepan que una caída no es el fin del mundo y que cada problema que se presenta es una oportunidad para mejorar, para crecer, para madurar.

Por lo general, cuando “caemos”, el mundo se encoje y es tal la sensación que sentimos que hasta nos aprieta. No debería ser así. Estamos predispuestos a “levantar” a los pequeños sin brindarles la oportunidad de que lo hagan por sí solos; lo cual es más valioso.

¿Cuántas veces hemos sentido que no podemos salir de un problema simplemente porque no tenemos quién nos ayude, cuando la solución la hemos tenido siempre nosotros mismos?  ¿Cuántos errores hemos dejado pasar, sin conocer realmente el potencial de aprendizaje que debió haber sido, sin descubrir realmente lo que ese problema nos quiere enseñar? ¿Cuántas veces hemos cometido el mismo error sin haber tratado si quiera de remediarlo?

Dice Paulo Coelho que las experiencias repetidas tienen una única finalidad: enseñarnos lo que no queremos aprender. No podemos darnos el lujo de desperdiciar cada oportunidad que la vida nos presente para ser mejores personas, mejores padres, mejores madres, mejores hijos, mejores alumnos, mejores trabajadores; “mejores pequeños aprendiendo a caminar”.

Si realmente le otorgáramos el debido valor a las cosas, personas o situaciones, nos daríamos cuenta que no es tan “imposible” lo que un problema nos demanda y que no es tan preocupante lo que una dificultad nos exige. Comprender que –como el padre del pequeño acompañó a su hijo durante su experiencia- nunca estaremos solos y siempre tendremos a nuestro lado personas que actuarán como rescatistas. Tenemos la capacidad para hacerlo, sólo debemos permitir al pequeño dentro de nosotros caer y levantarse por sí solo, sacudirse el polvo y desaparecer por las calles de la vida…

TINTERO AJENO

"Que tengas suertecita, que te conceda la vida, cada día, lo que mereces. Que no te falte de nada, que no te de la espalda la esperanza. Que encuentres el buen camino, que sea el tuyo y no el mío y si es el mismo, enséñamelo".

Enrique Bunbury

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